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Tu presencia de hecatombe. De Vicente González Navarro. Alejo Ediciones, Lima, 2008. Esta novela poemario, a presentar en la fortaleza del Real Felipe en el mes de las letras, es la primera incursión pública de un adicto privado a la literatura del cultivo de la palabra bien escrita. Vicente González, hombre de entidades públicas, cuentas, presupuestos y planificaciones, no ha medido la hecatombe que pronuncia su obra en el paladar de los entendidos y también en el de los profanos. Nadie se imaginó su ritmo, aspecto formal, saco, terno, corbata, y hoy con una chalina al viento, desarrolla una tinta con pasión y atrape en primera vista. Tu presencia de hecatombe puede leerse como una mixtura de testimonios que hace de las contradicciones humanas un regreso al génesis. Confesión de parte, pronunciamiento a viva voz. El escenario imaginado es Cerro Colorado, donde se ensayó la utopía anarquista como alternativa a la violencia senderista y por cierto al propio Estado. Dimas, primero y Buenaventura después, son los enviados, las voces que claman en el cerro. Es parte de la caótica Lima que se funda y se refunda a sí misma, continuamente, invadiendo la calle, el desierto, las viejas casonas, el cerro. Personajes embarcados en experiencias límite y un temario organizado en los claroscuros sociales de la gran urbe; esta propuesta narrativo-lírica quema en nuestras manos a la manera de un manifiesto ideológico. El autor se instala con desenvoltura en la médula de nuestra capacidad de asombro: “Yo tenía unos libros de versos y unas revistas en una caja de leche “Gloria”, dibujos a lápiz que amaba, tenía una mesa de madera, tenía también una colección de discos de vinilo, en otra caja de leche “Gloria” y más libros rojos sobre la pila de revistas al lado de mi cama; y en el cajón de la cómoda, también de madera, guardaba treinta y nueve poemas y otros versos muy breves en círculo que corregía y corregía; tenía varias camisas blancas para el trabajo que mi madre zurció hasta morir de pena, una corbata que conservo, y otra camisa roja. Tenía una casa con una sola habitación grande, todavía sin dividir, en la cumbre de Cerro Colorado. Una máquina de escribir con la que dormía la siesta de la tarde, escribiendo mientras miraba a la ventana hasta que se hacía de noche, y con las luces de la ciudad alucinar como reaparecía el paisaje de la ventana, convertidas las sombras de la máquina en un castillo con una torre a cada lado, a su vez sombras de mis pies sobre la mesa, mitad tinieblas mitad borrachera. Tenía la tarde, como ya dije, hasta que moría. Tenía la noche alevosa y violenta. Tenía una familia que rogué me abandonara porque era peligrosa mi compañía. También tuve un amor adolescente que moría por mí, y esperaba tiernamente mis versos al empezar la clase, tuve su foto”.
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